
República Democrática del Congo
Depresión, traumas y un farolillo español: Sobre la salud mental en la guerra del Congo
Existe la falsa creencia de que los congoleños son inmunes a los traumas de la guerra

La mente es un animal perverso. Nos juega mala pasadas. Nos atrapa, hace de las suyas para enclaustrarnos en una jaula con barrotes de acero. Pero no nos hace falta vivir experiencias traumáticas para que esto ocurra: basta un día gris de más para que los pensamientos se nublen y que toda la esperanza que podíamos recoger en nuestros sueños estalle, pum, diseminándose por todas partes, obligándonos a iniciar una trabajosa tarea en donde tenemos la misión de recoger los cachitos y recomponer los sueños rotos. Ocurre en cualquier lugar del mundo. En España, pero también en República Democrática del Congo. Nadie es inmune a los sueños rotos, aunque existe la falsa creencia de que la salud mental se reduce a Occidente porque, por alguna razón, hay quienes piensan que los congoleños son inmunes a los sueños.
Bombazo: no lo son. Ellos también lloran y ríen, en ocasiones incluso lloran cuando toca reír y se carcajean cuando es el turno del llanto, igual que ocurre con cualquier ser humano que viva desbordado por sus circunstancias. Este artículo pretende poner en relieve un sufrimiento trasladado a un segundo plano, segmentado, olvidado, pero también pretende aportar un grano de luz que limite el pesimismo.
Centrando el tiro. Lwiro es una pequeña comunidad ubicada en el este de República Democrática del Congo, en la provincia de Kivu Sur. La guerra suena hoy por esas tierras. Suena hoy, ayer, hace un año, hace diez. Sonará mañana. En el momento exacto en que se escribe este artículo, Lwiro está siendo bombardeado. El M23 se enfrenta al ejército congoleño y sus milicias aliadas en un sangriento conflicto sepultado por las noticias que salen en el televisor y que hablan de otros lugares (Ucrania, Washington, Siria…). Por otro lado, este periodista ha escuchado en ocasiones a personas en Europa que alaban “la fortaleza de los africanos” y “las sonrisas” que escupen pese a todo lo malo que se les ha dado, y resulta interesante reflexionar sobre esta imagen artificiada del africano feliz y que aún sonríe mientras le llueven obuses y después de que violen a su esposa.
¿Alguien se cree que esta imagen sea real? ¿Quién en su sano juicio sonreiría en una situación así? Claro que no. Diez años de guerra rompen a cualquiera. No tiene sentido en este caso buscar la belleza del sufrimiento. Muchas veces se sufre y ya está.
Pascal Bugagala es el presidente del consejo de administración de la ONG COOPERA CONGO (COCO). Hace muchos años que participa en esto. De pie en una de las salas del centro psicosocial de Mutima, rodeado por su equipo, indica que los habitantes de la zona “viven un trauma por repetición que termina por crear una sociedad cada vez más frágil”. Explica que un ataque de hombres armados en tu poblado puede traer efectos devastadores en el ánimo de cualquiera (familiares muertos, disparos, violaciones a hijas, madres y esposas), pero que dos ataques son incluso peor. Tres ataques. Veinte años de vida en donde sabes que el quinto ataque puede venir en cualquier momento, el sexto ataque; el que finalmente acabe contigo. Pascal asegura que “las noticias de cada nuevo ataque en un pueblo crean una enorme tensión en los [pueblos] más cercanos porque no se sabe cuál será la siguiente”. Todo es imprevisible donde la muerte se convierte en una posibilidad real. Además, añade, “no podemos decir que haya más traumas [en términos proporcionales] en el actual conflicto, comparados con otros. Las guerras llevan con nosotros desde hace treinta años y todas traen los mismos traumas”.
Aquí todos cometen abusos. Los rebeldes, los milicianos, los propios militares congoleños. Nadie está libre de pecado. Esto hace que la visión de cualquier hombre armado, sea o no soldado del gobierno, despierte una bestia negra que aprieta el pecho de quienes observan. Ese hombre armado no trae consigo una liberación de ningún tipo, nadie se cree esas chorradas después de treinta años escuchándolas. Ninguno viene a liberarles.
Pascal determina que el mayor número de suicidios los cometen hombres de la tercera edad. Son los que están más cansados. Los que temen ser una carga para sus hijos. Porque claro que los congoleños lloran y ríen, y también se cuelgan de un árbol robusto cuando no encuentran otra opción. Porque claro que son muchos los que padecen de estrés postraumático tras décadas de guerra. Es obvio. Porque claro que cualquier mujer que ha sido abusada sexualmente por un rebelde congoleño tiene desgarros por fuera y por dentro. La mente es un elemento humano y no exclusivo del europeo. Aunque parece que las imágenes de los africanos flacuchos y de las hambrunas de Sudán han confundido al europeo contemporáneo, al hacerle pensar que el congoleño es una clase de humano que sólo necesita comer para estar entero. Necesita vivir; eso es lo primero. Y sonreír y dormir sin miedo.
Claro que los niveles de depresión en los alrededores de Lwiro son elevadísimos. Jérémie Shukuru es un psicólogo que trabaja en el centro psicosocial de Mutima y que realizó en 2024 un estudio sobre la depresión en la zona. Son ochenta y cuatro páginas de concienzuda investigación. El insomnio, la ansiedad y el miedo a la separación afectan a las personas observadas. Los síntomas de la ansiedad hablan de la tensión muscular, las palpitaciones furiosas del corazón, las dificultades para respirar, la preocupación excesiva sin causa aparente. Según el estudio de Shukuru, un 13.6% de los entrevistados tienen algún trastorno del sueño (alrededor del 10% en España); un 7.4% sufren de anorexia (un 0.15% en España); un 13.3% sufre de ansiedad (un 6.7% en España); y un desolador 52.77% padecen depresión (un 5.4% en España). En definitiva, y según el estudio de Jérémie Shukuru, la posibilidad de tener depresión en Lwiro, República Democrática del Congo, es casi diez veces mayor que en España.
Mutima
Los medios que aporta el Gobierno congoleño para hacer frente a esta epidemia de trastornos psicológicos son escasos. Exceptuando un centro psiquiátrico en Bukavu, capital de Kivu Sur, las opciones son escasas. El centro psicosocial de Mutima se ha convertido en un farolillo que ilumina esta tormenta gracias al esfuerzo de quienes trabajan en él, pero tampoco habría sido posible sin la ayuda de la Agencia Vasca de Cooperación al Desarrollo (AVCD) y de COOPERA CONGO, una ONG de importancia vital y fundada por la madrileña Lorena Aguirre Cadarso. Así aportan los congoleños y los españoles este granito de arena necesario.
Pascal especifica que todos los tratamientos en el centro son gratuitos y que se recurre tanto a la terapia individual como a la terapia grupal (por ejemplo, en casos de mujeres que han sufrido violencia sexual). Que actualmente luchan para integrar la salud mental dentro de la atención primaria en el cercano Hospital de Lwiro. Que una de sus principales funciones consiste en concienciar a la población local, no sólo en lo referente a los medios disponibles para cuidar la salud mental, sino también para hacer ver a la población local que cuidar la salud mental no es cosa de débiles, que es cosa de valientes. Añade que “necesitamos financiación y apoyos internos para desarrollar el proyecto en la dirección adecuada”, pero habría que confesarle a Pascal que se encuentra demasiado lejos de los focos del televisor para que el mundo gire la cabeza hacia él. Los edificios del centro psicosocial pertenecen al Estado y el dinero lo pone COOPERA CONGO por medio de una financiación externa.
La dinámica es muy sencilla: si tienen dinero, pueden continuar con los proyectos; si no lo tienen, los proyectos se detienen. Pero nada de esto quita que acudan cada mes a Mutima entre veinticinco y treinta nuevos pacientes que precisan de una ayuda fundamental para cualquier ser humano. Ni que los pacientes antiguos necesiten en ocasiones medicamentos cuyo tratamiento puede verse bruscamente interrumpido cuando el goteo de dinero se ralentiza. Esta es la realidad en Lwiro, República Democrática del Congo. Que la guerra continúa con unas consecuencias lógicas para cualquier persona. Aunque la forma que tiene el mundo de tratar esas consecuencias no es lógica. No lo es.
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