Opinión

Fenómenos sociales

Estar constantemente expuestos a pantallas, noticias, historias y redes sociales puede hacernos sentir más tristeza o violencia, algo peligroso para los menores

Marina Castaño
Marina Castaño

Cuando nos ponemos delante de la pantalla para ver una historia, normalmente tratamos de abstraernos de la realidad y de distraer nuestra mente, que quien más y quien menos, la tiene sobrecargada de los problemas que la vida nos da porque sí. Francamente y sin ánimo de personalizar, prefiero irme a la cama sin haberme echado encima la tristeza de un relato que, aunque de ficción, me haya entrado por los ojos y se me haya atascado en el corazón o en el estómago haciéndoseme un nudo. Sin embargo no es fácil sustraerse cuando te recomiendan de aquí y de allá y caes en la trampa de engancharte a una narración que, a priori, se ve que puede causar congoja.

La serie “Adolescencia”, en boca de todos, nos revela la realidad de una generación cargada de violencia digital cuyas consecuencias vemos no sólo en la ficción sino también en la vida misma. La semblanza de los muchachos de Extremadura que han asesinado con crueldad a la persona que les cuidaba y tutelaba no es un caso aislado sino que es una situación que se repite sin que muchos se atrevan a poner una solución eficaz, empezando por una legislación defectuosa y una tolerancia generalizada que no se da en otros países.

Es curioso que en algunos casos se debe a una mimetización con la vida de los famosos, de esos que manifiestan en público sus terrores, sus pánicos, sus depresiones y sus tendencias suicidas o criminales. Otros famosos, sin embargo, van más de normales y se funden con las gentes de los pueblos, yendo a comprar churros o tomando tortilla en una modesta taberna. En cualquier caso la clave está, según los expertos, en el exceso de ese salvajismo que circula a través de las redes, al que tienen paso sin barreras desde muy pronto en sus vidas, salvo que un muro de contención suficientemente sólido los detenga para salvaguardar sus frágiles mentes. La protección de los menores en entornos digitales es insuficiente y tanto educadores como padres deben estar muy atentos del manejo que hacen de ellos para evitar males posteriores.