
Aquí estamos de paso
Regresaría a su tumba
Comparten los moralistas inquisidores de un lado y los del brazo en alto del otro, su falta de indulgencia y su hipocresía
La vicepresidenta del Gobierno y supuesta lideresa de la izquierda que fue de los machos alfa, está tan atenta a los mensajes machirulos que se ha molestado porque le han dicho que estaba cada vez más guapa. Oye, que sus razones tiene, porque el comentario obvia sus capacidades políticas o de gestión para centrarse en algo que no es realmente importante. Lo de ser guapa no es que sea secundario, es que es irrelevante. O incluso puede ser falso, porque es algo que se dice con frecuencia y no siempre al servicio de la verdad, sino de una mal entendida galantería que no es sino la puerta abierta a la falta de respeto y el abuso. En «El asesinato considerado como una de las bellas artes» Thomas de Quincey declara que «si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente». Bueno, pues hoy resulta que la ironía del romántico decimonónico era en realidad un posicionamiento de futuro, una lúcida visión de lo que el mundo traería casi dos siglos después de su muerte. Que aquello de que se empieza por matar y se acaba por procrastinar no era una ironía, sino el anticipo de la verdad de la llamada corrección política, del griterío woke para el que es comparable la violencia activa con la incorrección verbal, que una agresión no es solo un asalto, sino esa cosa tan alcanforada y en desuso como es el piropo. Solo escribir esta palabra, piropo, me produce un brote de desasosiego, de culpa calvinista que casi me obliga a arrepentirme de haberlo hecho, como tenemos que arrepentirnos de estimar presunción de inocencia ante hechos que los neoinquisidores consideran incuestionables. Siempre, claro que los presuntos inocentes no sean de la banda propia, que en ese caso, y ya se ha dicho estos días hasta la saciedad, la moralina se relaja o hasta desaparece. Lo cual no detiene sino que más bien alimenta ese populismo ciego que ejercen las derechas extremas que maman el trumpismo sin filtros, aunque dañe los intereses de esa patria de la que se atragantan en los mítines. Yo creo que a Abascal hasta le gusta que levanten el brazo los trumpistas que es un hábito que ahora empiezan a adoptar casi como un juego, con una frivolización insultante de lo que todo eso supuso incluso para ellos como país.
Comparten los moralistas inquisidores de un lado y los del brazo en alto del otro, su falta de indulgencia y su hipocresía. Pecan ellos mientras los demás son señalados y cancelados por hacerlo. Siguen al líder aunque sus proclamas y decretos vayan en perjuicio de su patria. Que se lo digan a Karla Sofía Gascón, tan contenta que estaba con su reconocimiento mundial, y unos tuits miserables que no le han perdonado y, a juicio de esta moderna inquisición, anulan cualquier posibilidad de arrepentimiento como eliminan cualquier capacidad artística, la tienen arrumbada y a la espera de destino. La censura se asienta ya entre nosotros, nos exige contención y mesura.
Se empieza destrozando con una ambición desmedida la opción de izquierdas en la que tantos habían puesto su ilusión y uno puede terminar aceptando de buen grado que le llamen guapa. Y eso no. Eso sí que no.
Creo que Quincey regresaría de inmediato a su tumba.
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