
Origen de la covid
¿Dónde empezó todo?
Un virus de laboratorio o el mordisco de un mapache... aún no sabemos a ciencia cierta donde nació el SARS-CoV-2. Y es posible que nunca lo sepamos

Cinco años y cerca de siete millones de muertos después, el origen del coronavirus de la especie SARS-CoV-2 sigue siendo un misterio. Tanto que hace tres meses la Organización Mundial de la Salud urgió a las autoridades de China a que compartieran de una vez los datos necesarios para esclarecer dónde surgió el microorganismo causante de la mayor pandemia que hemos conocido y para despejar las dudas más allá de la asunción confirmada de que su nacimiento se produjo en la ciudad de Wuhan. «Es un imperativo moral y científico», afirmó la entidad global en un comunicado que sonaba a iracundo. A día de hoy, se sigue esperando respuesta.
La única reacción desde China al respecto se ha centrado en admitir que «el origen del virus es un asunto científico y que corresponde a los científicos determinarlo», según afirmó recientemente el ministro de Asuntos Exteriores Mao Ning. Lo hizo en respuesta a un comunicado de la CIA (de enero) donde la agencia de inteligencia afirmaba que «no debe descartarse que el SARS-CoV-2 naciera entre las paredes de un laboratorio en Wuhan». «La fuga de un laboratorio es una tesis muy poco probable», reaccionó Mao Ning.
Y así seguimos un lustro después. Sin una certeza definitiva sobre la causa primera de la pandemia y con el debate cada vez más vivo entre los defensores de las dos teorías predominantes: que el virus saltó a los humanos desde una fuente animal natural, o que el virus se escapó de una instalación científica china. En cualquiera de los dos casos, la respuesta es aún compleja: si escapó de un laboratorio, ¿de cuál? ¿por qué? Si lo transmitió un animal ¿de qué especie? ¿dónde?... La mayor parte de la evidencia científica se sigue decantando hoy por la teoría animal y apuntala las ideas que nacieron poco después del primer brote vírico, que ponen el foco en el Mercado de Pescado de Huanan (Wuhan). Allí se centraron las primeras sospechas en los albores de la pandemia, allí cayeron las miradas de los científicos que formaron la única comisión internacional que ha podido visitar de cerca el epicentro de la crisis (en 2021) y allí siguen estando las esperanzas de quienes insisten en localizar una conexión definitiva entre la naturaleza y el primer humano contagiado.
El culpable del contagio es algo más difícil de determinar. Numerosos candidatos han aflorado en estos cinco años, desde el pangolín hasta los murciélagos, pescado manipulado en el mercado o perros callejeros. La lista ahora la encabeza el perro mapache japonés, un mamífero carnívoro que solía verse corretear en los alrededores del famoso mercado. La última evidencia a su favor llegó en 2023. Un equipo de científicos realizó un análisis genético de residuos recolectados en el mercado de Huanan después de que fuera cerrado definitivamente. Se incluían restos de la basura, tejidos y aguas residuales. Los análisis arrojaron suficiente información de ADN mitocondrial de este mapache. Junto a ella, predominaba también el ADN de especies como civetas y mofetas, aunque menos disperso por el área. Según se publicó en la revista Cell, los test genéticos muestran una excepcional cohabitación de animales posiblemente infectados y seres humanos en un espacio reducido dentro del mercado de Huanan. Lo cierto es que los datos ofrecidos por las autoridades chinas (que ostentan la potestad de conservar y analizar las muestras genéticas originales) no son demasiado fiables, en opinión de algunos expertos. Por ello es todavía imposible determinar si realmente ese contacto con animales supuestamente enfermos disparó los primeros contagios humanos.
Y eso espolea aún más a los defensores de teorías alternativas y, entre ellas, la más repetida: que el virus se escapó de un laboratorio. Quienes así opinan (liderados por la propia CIA) apuntan a que precisamente en Wuhan se encuentra un conocido Instituto de Virología. Se sabe que en ese centro se estaban llevando a cabo investigaciones con virus del tipo SARS y que algunos trabajos se centraban en la posibilidad de obtener microorganismos con mayor potencial infectivo. En concreto, se estaba practicando la ingeniería genética sobre partes de la estructura de estos virus (la furina) que tiene un papel clave en la capacidad de estos microorganismos para contagiarse. A todo ello, se añaden algunos informes anteriores a la pandemia que alertaban de ciertos fallos de seguridad.
Lo cierto es que los datos genéticos, la dispersión geográfica del virus y el comportamiento de la pandemia (con la aparición de variantes muy conocidas) parecen avalar más la tesis del contagio natural que la idea de una fuga de laboratorio. Pero, como en tantas otras ocasiones, el asunto ha terminado por convertirse en un tema de disputa política en medio de una guerra comercial sin precedentes entre China y Estados Unidos.
✕
Accede a tu cuenta para comentar