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Crítica de "Blancanieves": la princesa del pueblo ★★

Dirección: Marc Webb. Guion: Erin Cressida Wilson basándose en el cuento de Wilhelm y Jacob Grimm. Intérpretes: Rachel Zegler, Gal Gadot, Andrew Burnap. Fotografía: Mandy Walker. Benj Pasek, Justin Paul, Jeff Morrow. Estados Unidos, 2025. Duración: 109 minutos. Musical.
Crítica de "Blancanieves": la princesa del pueblo ★★
Un fotograma de "Blancanieves"
Sergi Sánchez
  • Sergi Sánchez

    Sergi Sánchez

Barcelona Creada:

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A estas alturas no le quitaremos la razón a Eisenstein, que se deshacía en elogios al hablar de la “Blancanieves” de Disney como la auténtica fusión del arte de vanguardia y el cine de entretenimiento, comparándola con las fábulas de La Fontaine o las “Metamorfosis” de Ovidio, admirado como estaba ante el baile de formas, texturas y colores que suponía semejante alarde de creatividad animada. Eisenstein murió antes de saber de las derivas ultrarreaccionarias de Disney, proclives a la denuncia anticomunista. 
Su aberrante lectura ideológica, la que consideraba sus películas como “una estupenda canción de cuna para los ofendidos y los desposeídos”, lo percibía como un artista del proletariado, como lo que quiere ser la nueva Blancanieves que encarna Rachel Zegler. Así las cosas, los cambios introducidos en esta versión en carne y hueso del clásico animado tienen que ver con colgarle a nuestra heroína el collar de princesa del pueblo, y convertir a la Reina Malvada en una tirana trumpista. 
Esa deriva posmarxista de un cuento que, tradicionalmente, hablaba de la importancia de la bondad -léase belleza interior- frente a la fragilidad de las apariencias -léase belleza cosmética- implica que la agenda de Disney tacha a las dictadoras de su lista de personas favoritas, y apuesta porque ahora el empoderamiento femenino abra camino a la justicia democrática al resistir a la vieja guardia, y ni siquiera necesite a un príncipe azul -mejor que sea un rebelde- que la resucite
Quién sabe si Eisenstein aprobaría este programa ideológico. Lo que de ninguna manera suscribiría es que la película parezca dirigida por una inteligencia artificial que ha sustraído a semejante relectura de cualquier asomo de talento visual. Eso incluye a las canciones, que, exceptuando las clásicas, son insípidas, y a un diseño de producción tedioso, sobre todo si lo comparamos con el de “Wicked”, el musical con el que todo su público objetivo lo comparará. 
Eso implica también una decisión tan discutible (y fea) como la de haber convertido a los siete enanitos en personajes digitales que se pelean a muerte con sus compañeros humanos. Tal vez Zegler, la apuesta racializada de la Disney, se salve de la quema, aunque tampoco no tiene mucho donde hincarle el diente. Eso sí, un poco más que una Gal Gadot rígida, instalada en el cliché de malvada madrastra, pero incapaz de aportarle personalidad propia -contrástese su trabajo con el de Angelina Jolie en “Maléfica”- a una villana cuya imagen no debería caber en un espejo.
Lo mejor: 
Rachel Zegler está muy correcta en su papel de princesa empoderada.
Lo peor: 
Los terribles enanitos, una puesta en escena de lo más plana, y la impresión de que la Disney tiene que dejar en paz a sus clásicos.