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La revolución lleva corbata
Encasillarla como mero accesorio de moda sería reduccionista. Lleva más de siglo y medio siendo un símbolo de irreverencia femenina. Y ahora se ondea como una declaración: de identidad, de género, de estilo.
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Sentí que podía hacer mansplaining sobre algo de lo que no tengo ni idea y la gente me iba a escuchar”, bromeaba Hannah Berner después de robarle la corbata a su marido. “Soy humorista, adoro irrumpir en los espacios masculinos. Llevar una prenda tradicionalmente de hombres y hacerla mía fue interesante”, explicaba la neoyorquina, que casó el comentado accesorio con americana de cuadros, faldita de tablas y medias de encaje. “Muy mona, muy considerada, muy diabólica”, se leía al pie de la foto en su Instagram.
No está sola. Son muchas las mujeres que habitan el imaginario colectivo del inconformismo femenino con sus corbatas: Colette, Marlene Dietrich, Coco Chanel, Grace Jones, Diane Keaton y Annie Hall (que, sartorialmente hablando, son la misma persona), Katharine Hepburn, Lady Di, Madonna, Janelle Monáe, Kristen Stewart. Hasta Victoria Beckham, que empezó a usarlas para cerrar su etapa WAG y reafirmarse como magnate de la moda, y no ha dejado de hacerlo desde entonces. Todas tienen en común la audacia, y haber usado el vestidor para hacer una declaración de intenciones.
Tuvieron precedentes. Las mujeres han ido encadenando préstamos del ajuar masculino como reivindicación desde hace años. Bien documentados, desde el siglo XVIII. Maria Antonieta se adueñó del zapato de tacón, antes reservado a hombres prominentes. En 1851 la activista Elizabeth Smith Miller se puso pantalón.
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Y el primer hurto del traje lo fechan en 1870, a manos de la actriz Sarah Bernhardt, corbata incluida. Ha pasado siglo y medio y ver a una mujer vistiendo una aún suscita sorpresa. A los ríos de tinta que hizo correr ver a quince diputadas de izquierda lucirla en la Asamblea Nacional francesa (y a este reportaje) nos remitimos. Tal vez –sin duda, en realidad– porque en el esquema social predominante sigue siendo un elemento asociado a la masculinidad, la autoridad, la disciplina. Sepan que Napoleón, uno de sus primeros adalides, cogió la idea del ejército croata, que las usaba para marcar el rango de su dueño. Y hoy, en la cuarta ola feminista y la era de la fluidez de género, el sesgo persiste. Hasta el algoritmo se aferra al cliché. En 2023 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo comisionó un estudio sobre las implicaciones de género en la inteligencia artificial generativa y descubrió que, cuando se le pedía que produjera imágenes de profesionales, tendía a perpetuar el estereotipo sexista. Ellos son los políticos, los abogados, los médicos y los empresarios, con americana y corbata. Ellas, las doncellas, las enfermeras y las secretarias, con delantal, tacón y falda. Y el resurgir del finance bro –el banquero con traje de Saville Row a medida, ego desmedido y una rubia despampanante del brazo– no ayuda. “Merecida o no, las corbatas evocan una percepción cultural generalizada de poder masculino”, defiende Christopher Roose, experto en psicología aplicada.
Pongámonos en antecedente. Su origen, en la Antigua Roma –hay quien se remonta a la China de Qin Shi-Huang-di, en el 200 a.C.– fueron puramente masculino y funcional. Servía para cerrarse la camisa al cuello. Al menos hasta la generalización del botón, en el siglo XII. Para entonces también tenía una función social: “Según el color y el material distinguían una clase u otra”, dice Juan Ferrando, director del grado en Diseño de Moda de la Universidad Nebrija. El rey Sol no dejaría pasar la ocasión de ornamentarse. Hasta creó el oficio de cravatier. Y en el siglo XVIII ya eran cosa de las altas cunas y los arribistas. Beau Brummell, árbitro de la moda en la Inglaterra de la Regencia e íntimo de Jorge IV, la hizo pilar de su look. No tardó en ampliar su semántica: en la Revolución francesa los jacobinos la llevaban negra; los royalistas, blanca. Aunque por entonces eran más bien pañuelos anudados al cuello. La corbata como la conocemos se haría esperar hasta 1926, cuando un empresario neoyorquino llamado Jesse Langsdorf le dio su forma longitudinal. Después vendría el duque de Windsor con su famoso nudo y ataría a ella el patrón de la elegancia masculina que aún persiste –aunque se tambalee, street style mediante–.
Para entonces la corbata ya había hecho acto de presencia en el repertorio femenino. Pero empezó a generalizarse “en la Primera Guerra Mundial, cuando, con los hombres en el campo de batalla, las mujeres se incorporaron al mundo laboral”, explica Ferrando. “Fue un acto revolucionario, similar al uso del pantalón, para posicionarse en la sociedad”. Ni de lejos es casualidad que coincida con el auge de la lucha sufragista y preceda a la estética garçonne de los locos 20. “Se usaba para reivindicar posturas revolucionarias, de derechos, emancipación e independencia. Especialmente en círculos intelectuales”. Colette en los años 20, Marlene Dietrich en los 30, Anne Scott-James y Zsa Zsa Gabor en los 40. Parón: en los 50 se instauraron los paradigmas de la pin up y la buena esposa. La corbata volvía a ser dominio del hombre de la casa. Y así se pregonaba en las vallas publicitarias. Véase el anuncio de la marca Van Heusen de 1951: él en la cama, camisa almidonada y corbata; ella de rodillas, a sus pies, sirviendo el desayuno, y en lo alto, el eslogan “demuéstrale que es un mundo de hombres”.
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No podía no haber una reacción. El esmoquin de Saint Laurent en 1966; Patti Smith en su álbum Horses del 75; Annie Hall en 1977 y la guía Dress for Success de John Molloy, que, cuenta Ferrando, acuñó la idea del power dressing que reinaría en los 80. En esa década el traje y las hombreras se convirtieron en el símbolo de la mujer en el mundo corporativo, hasta entonces monopolio masculino. Pero se la siguió sexualizando. “A pesar de la ubicuidad del traje de negocios, el look varonil en una mujer aún era tabú”. Llevaba traje, pero edulcorado, “con falda, no pantalón, y pañuelo o lazada, no corbata”, escriben Valerie Steele y Claudia Brush Kidwell en su ensayo Men and Women: Dressing the Part.
De las sufragistas de 1910 a las Tess McGill de los 80, que la corbata haga acto de presencia en el armario femenino en momentos de inflexión no es circunstancial. “Las mujeres han tomado prestados a menudo aspectos de la moda masculina porque se percibe como más prestigiosa”, explica Steele, que además de escribir múltiples tesis sobre el tema dirige el Museo del Fashion Institute of Technology (FIT) de Nueva York. Sigue habiendo algo de eso. La corbata es –con permiso del tuxedo e Yves– el símbolo por excelencia del desacato a las normativas de género y la reivindicación de paridad. “Un elemento clave en definir y comunicar la identidad femenina en un contexto social y cultural”, dicen desde la firma italiana Seterie Mosconi, que lleva fabricándolas desde 1951. Pero hoy hay otra connotación: ya no es un préstamo; la mujer ha hecho la corbata suya. Limitarla a una forma de imitar las maneras del hombre para equipararse a él está obsoleta. La lleva (o no) porque puede y quiere. Libertad de elección. Incluso cuando es solo una cuestión estilística, sin lectura entre líneas. ¿No va de eso el feminismo?
“La corbata puede, de hecho, convertirse en el símbolo de una nueva era de libertad de expresión y experimentación en la que se cuestionen viejas normas y se creen nuevos significados”, dicen desde la enseña. Los acontecimientos están tomando un giro interesante. Y la prerrogativa va más allá de la materia de género. También toca el tópico profesional. Para bien o para mal, la corbata sigue encerrando una connotación de competencia y profesionalismo en las salas de juntas. Y a esa atribución gratuita apunta el corpcore, la particular revolución de la gen Z contra la cultura corporativa y la precariedad laboral. Glamourizar el uniforme empresarial, quitarle los grilletes para desconfinarlo del horario de oficina y ponerse camisa y corbata con vaqueros rotos, gorra y zapatillas es su particular forma de denunciar una realidad profesional leonina en la que la salud mental se ignora y la conciliación es una entelequia.
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Dejar de verse limitada al mundo masculino y corporativo “ha abierto la puerta a nuevas interpretaciones y significados, permitiendo explorar y jugar con identidades y estilos de formas innovadoras”, dicen desde Seterie Mosconi. La plétora de iteraciones que vemos estos días dan fe. Schiaparelli las trenza con pelo y seda, cambiando el nudo por broches surrealistas. Casablanca las estampa con motivos galácticos y combina con chándal y tacones. Angelina Jolie la luce en trampantojo. Dilara Findikoglu le da un rollo dandy irreverente muy Oscar Wilde. SS Daley las borda con plumas y Tibi las convierte en joya. Kendall Jenner y Bella Hadid se adueñan de la estética Mad Men. Enfants Richés Déprimés apela al fetichismo de secretaria dominatrix y Demi Moore le sigue el juego. Emilia Wickstead las urde extralargas. Ralph Lauren reescribe al Gran Gatsby con protagonista femenina. Y Saint Laurent se hace un guiño a sí mismo con trajes oversize, corbata incluida, que no veían la necesidad de amoldar el patrón a la anatomía de la mujer –y resultaban muy sexy–.
“Aunque las apariencias por sí solas no crean ni destruyen los sistemas de opresión, sí refuerzan las desigualdades. Igual que el traje ha sido un emblema dominante de la oportunidad y el privilegio masculino, las expectativas de la pasividad femenina se han engranado en un armario psicológicamente restrictivo y físicamente limitante”, dice Steele. Ese poso ha hecho que la corbata deje de ser un accesorio para convertirse en una declaración de autonomía, una afirmación de identidad vinculada al estilo, una demostración de personalidad. El significado de la ropa no es intrínseco; está cultural y socialmente definido. Pero esos constructos no son inamovibles. Al fin y al cabo, Julio César conquistó Roma en minifalda.
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