Testigo directo

En el "matadero humano", la cárcel de los horrores de Asad

LA RAZÓN recorre el penal en el que fueron asesinadas más de 30.000 personas entre 2011 y 2018 apenas cinco semanas después del fin de la guerra

Ropa de expresos en una celda en la prisión de Sednaya (Siria) Europa Press/Contacto/Ashley Chan 07/01/2025 ONLY FOR USE IN SPAIN
La ropa de los presos sigue tirada en el suelo de las celdasCONTACTO vía Europa PressEuropa Press

En la prisión de Sednaya a los presos los recibían con una paliza. Era la «bienvenida» a un penal que ya se ha convertido en el símbolo de la crueldad de los Asad. Cuando LA RAZÓN recorre sus instalaciones el complejo está vacío. Nadie custodia la entrada y ha pasado de ser una fortaleza inexpugnable a una cárcel de puertas abiertas. Ya hace más de cinco semanas de la victoria de las milicias sobre el régimen, la atención mediática internacional se ha evaporado y los sirios en busca de familiares se han marchado. Solo quedan los restos de sus fogatas a los pies del complejo.

Dos hermanos llegados de la vecina ciudad de Beirut han venido para honrar a su padre, Mohamed. Pasó aquí los últimos seis años y no han vuelto a verlo. Sami, el mayor de los dos, asegura que no van a quedarse en Siria. Cuenta los días para volver a Líbano. Ambos caminan con gesto serio por los corredores e iluminan con el móvil una de las celdas cuya pared presenta un enorme boquete. Con capacidad para entre cinco y seis personas, el cubículo encerraba al menos a una treintena de ellos. La ropa y las mantas que usaban para aislarse del frío suelo siguen revueltas donde las dejaron. Blisters de pastillas contra las infecciones, orinales, fruta podrida, prótesis de piernas. Todo tirado.

Hablar de la energía de un lugar suena a pensamiento mágico, pero aquí el aire se siente más más pesado y tiene un olor extraño. Impresiona recorrer el escenario ahora desierto y mudo de brutales palizas, torturas y tantos miles de fallecidos. Bautizada como «un matadero humano» por Amnistía Internacional (AI), se calcula que solo entre 2011 y 2018 al menos 30.000 presos habrían muerto ejecutados o causa de las torturas, el hambre o la falta de atención médica. Los voluntarios de los Cascos Blancos, el grupo de defensa civil activo durante la contienda fratricida de los últimos trece años, se ofrecen a explicar al visitante lo que sucedió en estas tres plantas de hormigón.

Albares visita la prisión de Sednaya en su visita a Siria
Albares visita la prisión de Sednaya en su visita a SiriaAlbares vía XAgencia EFE

El amplio pabellón de la entrada está enmarcado por unas jaulas pegadas a las paredes donde aguardaban los detenidos a ser fichados. «Solían estar aquí unas dos o tres horas antes de repartirlos por los calabozos. Las palizas formaban parte del comité de bienvenida», asegura uno de los miembros de la resistencia civil al grupo de periodistas españoles que acompaña al ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares.

Horas después de que cayera la capital el pasado ocho de diciembre a manos de las milicias islamistas, las puertas de Sednaya se abrieron y cerca de 2.000 personas fueron liberadas. Dentro hallaron unos 40 muertos, aunque esta cifra varía mucho según la fuente que se consulte. Las asociaciones de desaparecidos sostienen que aún se desconoce el paradero de unos 150.000 sirios en todo el país. Durante varios días se mantuvo la esperanza de que entre sus muros hubiera cámaras secretas de reclusión en la que hubiera detenidos escondidos o fosas comunes. En varios lugares de la prisión pueden verse los agujeros abiertos a golpe de maza en esa búsqueda que resultó infructuosa. También en la parte posterior de la mole gris una enorme zanja habla de los esfuerzos por encontrar a más represaliados.

El primer detenido que moró en este matadero llegó en 1987, aunque la construcción del penal arrancó en 1981 por orden Hafez el Asad, padre de Bachar y conocido como «el león de Damasco». El Gobierno sirio confiscó terrenos a propietarios locales y los asignó al Ministerio de Defensa para construir la prisión. Tras la caída definitiva del último sátrapa alauí el 8 de diciembre, Sednaya se hizo célebre después de que las imágenes de los presos abandonando sus celdas dieran la vuelta al mundo. Sin embargo, lo cierto es que muy poco se sabe de su funcionamiento real. Nunca se permitió el acceso de las ONG a la prisión, ya que las visitas requerían autorización tanto de la policía como de la inteligencia militar, así que la información disponible procede de los testimonios de antiguos detenidos y guardias. Durante décadas, lo más cerca que podían aproximarse los activistas pro derechos humanos era a través de las imágenes de satélite de Google Maps.

Con los relatos de todos los testigos directos, AI levantó una maqueta en 3D para recrear las rutinas de la represión. «En Sednaya no hay interrogatorios», escribió Amnistía en su informe de 2017. «La tortura no se utiliza para obtener información, sino aparentemente como forma de degradar, castigar y humillar. Los presos son objeto de ataques implacables, incapaces de ‘confesar’ para salvarse de más palizas», agregó. Según AI, Sednaya constaba de dos edificios principales con una capacidad para albergar a entre 10.000 y 20.000 presos. Los detenidos estaban segregados en función de su estatus. El edificio «blanco» albergaba a militares arrestados por delitos o faltas como asesinato, robo, corrupción o evasión del servicio militar obligatorio. En cambio, el edificio «rojo» estaba destinado a los detenidos por motivos de seguridad: civiles y militares encarcelados «con el pretexto de las opiniones que expresaban, sus actividades políticas o acusaciones falsas de terrorismo».

Según el mismo informe, los ahorcamientos se llevaban a cabo una o dos veces por semana, de madrugada. Se les hacía «el paseo» hacia una zona de la prisión con la excusa de un mero «traslado» a un centro de reclusión civil y algunos reclusos pensaban incluso que iban a ser liberados. En vez de eso, les llevaban a celdas donde se les golpeaba brutalmente antes de conducirlos a una sala de ejecuciones. «Durante todo este proceso, las víctimas tienen los ojos vendados y no saben cómo ni cuándo van a morir hasta que se les pasa la soga alrededor del cuello», reza el documento de AI.

Majad Hamdan apenas había cumplido veinte años cuando fue detenido en una calle de Zabadani, localidad fronteriza con Líbano en la que residía junto a su familia en 2011. Era el tiempo de las protestas de la Primavera Árabe y cualquiera podía resultar sospechoso, sobre todo los más jóvenes. En la puerta de Sednaya, asegura a este periódico que acaba de darse cuenta de que él mismo pasó por esta prisión antes de ser trasladado a la cárcel de Al Jatib. «Cuando he entrado he reconocido la entrada. Me trajeron aquí antes de llevarme a Al Jatib, donde la primera vez pasé 62 días. Allí nos torturaban y nos pegaban. A mí me cogieron con mi hermano y lo más duro fue ver cómo le pegaban a él. Recuerdo una vez que me hicieron limpiar la sangre de una sala de 50 metros cuadrados. Me obligaron a meterla en bolsas, levantaba un palmo del suelo. Yo era un estudiante, ni siquiera me estaba manifestando, pero en mi pueblo el 90% estaba en contra del régimen de Bachar al Asad», explica.

Esta es la primera vez que Majad, que ahora vive en España donde preside la Asociación Hispano-Siria, pisa su país en catorce años. Ya tiene 33 años, está casado y tiene tres hijos, pero se le corta la voz cuando recuerda el pasado oscuro de sus compatriotas. «Me acuerdo de las historias que nos contaba mi tío de esta cárcel, donde estuvo encerrado cuatro años de su vida. No le creíamos porque lo que decía era horrible. Que no les daban comida y que les trataban peor que a los animales», continúa. Dice que no es que los sirios no supieran lo que ocurría en esta infame prisión enorme, «es que la mayoría no querían enterarse». De todas formas, tiene confianza en que Sednaya quedará como el recuerdo de la crueldad de los Asad, como una pesadilla que no debe repetirse. Cree que la dirección que ha tomado el país con los nuevos dirigentes islamistas es buena y que serán capaces de gobernar para todos.