
Sabino Méndez
La ceremonia de los Óscar
Es llamativo cómo se van quemando progresivamente figuras gubernamentales que han de ser sustituidas casi cada trimestre

¿Es tan gordo lo que se va a descubrir, en lo que se investiga del Gobierno, que éste juzga necesario cortarlo con locuras tan desacreditadoras como limitaciones retroactivas de la acusación popular? Luego sus adversarios gubernamentales se quejarán de los modos de la presidenta de la Comunidad de Madrid, pero lo cierto es que las ocurrencias de Moncloa le sirven en bandeja que diga en voz alta lo primero que todo el mundo piensa, cuando el Gobierno aparece con este tipo de propuestas descabelladas.
Porque, vamos a ver, es perfectamente opinable y debatible si el mecanismo de la acusación popular debe tener algún tipo de límite o no. Ahora bien, pretender que esa limitación se imponga arbitrariamente, ahora de golpe, y encima sea retroactiva, es una barbaridad jurídica de tal calibre que solo puede interpretarse como un intento de librar a beneficiados, parientes y cómplices. El descrédito de la clase política que provoca es brutal. Biden hace pocas semanas indultó arbitrariamente a su propio hijo.
Sánchez le preparó una amnistía a medida a Puigdemont para comprarle siete votos. Luego se quejarán de que crezca a derecha e izquierda el sentimiento antisistema. ¿Pero quién va a querer un sistema de castas? La reacción anticasta de gran parte de la población (que ya tuvo un precedente en la década anterior) se refuerza de nuevo y si el Gobierno se empeña en engañarse a sí mismo –diciendo que solo la forman catetos de ultraderecha– se va a dar un morrón enorme contra la realidad.
Como todos sabemos por los mensajes de García Ortiz, la obsesión del Gobierno (puesto que está atado de pies y manos y ya no puede hacer otra cosa) es ganar el relato. El relato es lo único que le queda, dada su impotencia. En ese sentido es llamativo presenciar cómo se van quemando progresivamente figuras gubernamentales que han de ser sustituidas casi cada trimestre. Ya nadie se las cree, ni les hace caso, después de tener que justificar en público relatos indefendibles.
Ya nadie se las cree, ni les hace caso, después de tener que justificar en público relatos indefendibles
De hecho, una de las maneras más directas de convertirse actualmente en hazmerreír popular en nuestro país es ser portavoz del Gobierno. Por ello, Moncloa ha tenido que esforzarse en habilitar una especie de portavocías paralelas y oficiosas que salen en tromba cuando hay que anunciar una de esas propuestas absolutamente insostenibles. El público ya espera los lunes esos despliegues de la Luftwaffe ministerial socialista. Lo más cómico es ver quién la encabeza y a la velocidad supersónica con que se achicharra.
Tras la debacle de Iván Redondo, Patxi López intentó hacer durante cierto tiempo de dóberman sin éxito, porque el panorama electoral pedía a alguien más melindroso y se intentó entonces con Félix Bolaños. Desde la lamentable y dubitativa dicción que Bolaños protagonizó anunciando al pueblo español la humillante amnistía, le acompaña siempre una sombra permanente de angustia en la mirada, que sobrevuela cualquiera de sus proclamas y resulta letal para la confianza del espectador. No ayuda que, siendo ministro pluriempleado de Justicia, se permita opinar extemporáneamente sobre jueces que tienen trayectorias profesionales mucho más amplias que la preparación de la que él dispone.
El temblor de la inseguridad resuena siempre en sus afirmaciones y, por más que intente afectar aplomo, no convence. Si bien sigue haciendo apariciones estelares, cada vez son más secundarias. Durante un breve tiempo en verano, se intentó que ese papel lo asumiera oficiosamente Óscar Puente, pero ni siquiera llegó al trimestre por sus metidas de pata internacionales.
Algo previsible, porque era como querer tener al Yeti de mascota doméstica. Dado que el peso específico de Pilar Alegría a duras penas supera el nivel de tertuliana a sueldo, el último refuerzo para reforzar el relato ha sido otro Óscar: Óscar López. Ha subido últimamente al púlpito a intentar ponerse serio y grave, como hacía Patxi.
Pero le sale un tono que parece de psicoterapeuta de animales de muy dudosa eficacia. Con todas estas sucesivas ceremonias de la confusión, el Gobierno se va acercando poco a poco a cumplir plenamente sus objetivos, que imagino serán alcanzar la total incompetencia y la más absoluta ignorancia. Afortunadamente, esta semana podrá contar además con el infalible asesoramiento de Puigdemont para conseguirlo.
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