Camino a los Oscar: Locos por el brutalismo
De mazacotes y gigantes de hormigón a espacio de deseo en nuestras ciudades. «The Brutalist» coloca en su lugar a uno de los movimientos arquitectónicos clave de la segunda mitad del siglo XX


Creada:
Última actualización:
Adrien Brody se pasea en mangas de camisa por la recién estrenada biblioteca que ha diseñado en secreto para un magnate norteamericano. Mira asombrado su obra, repitiendo ahora en la pantalla el mismo gesto que millones de personas hace 60 años en las cuatro direcciones del planeta cuando comenzaron a aparecer casi por arte de magia una serie de edificios increíbles, gigantes; que nadie entendía cómo se podían construir. No se preocupe, sigue ocurriendo en la actualidad, porque el discurso del brutalismo no se ha agotado a pesar del paso del tiempo, mantiene intacto ese efecto de polaridad: o lo amas o lo odias.
Hacia la carrera por los Oscar, la película «The Brutalist», dirigida por Brady Corbet con metraje que alcanza casi las cuatro horas ha comenzado un camino, por llamarlo de alguna manera, «fetiche» que ha despertado el interés por un estilo arquitectónico surgido al final de la Segunda Guerra Mundial que arrancó con el diseño de edificios públicos como colegios, bibliotecas o iglesias; pasó al diseño de los bloques de viviendas más modernos de los años setenta y llega hasta nuestros días en una acumulación de espacios que alcanza incluso los baños de los restaurantes más «chic». Sí, ese lavabo de piedra tosca donde se derrama un grifo de cobre mientras se lava las manos antes de pagar 90 euros por un cubierto es una pieza brutalista. Puede fotografiarlo y colgarlo en su red social para formar parte de una de las tendencias más populares de las redes sociales.
Es cierto que hace unos años las revistas especializadas pusieron sus ojos en una serie de edificios que durante años pasaron sin pena ni gloria por el paisaje urbano, siendo muchas veces objeto de la más absoluta indiferencia o, en el peor de los casos la diana de críticas, repulsa o incluso hasta campañas para promover su demolición. Puede que sea cierto que su integración urbanística según qué espacios costó y cuesta debido a la potencia de un discurso estético tan poderoso. Como todo el mundo encuentra su hueco en las redes sociales, sólo en Instagram es posible navegar por cientos de fotografías y recorrer el mundo, saltando de una cuenta a otra, a través de las fotografías de aficionados y profesionales de la arquitectura que han perdido la cabeza por el brutalismo.

Una paternidad compartida
Daniel Bilbao, decano de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, señala el inicio con Le Corbusier. «Fue la figura precursora con su Unité d’Habitation, en 1945», aunque especifica que el término deriva la expresión francesa «béton brut» («hormigón a la vista o en bruto»). Sin embargo, nada nuevo bajo el sol, porque desde la Antigüedad, en nuestro paisaje, el brutalismo campa a sus anchas desde hace siglos. Sólo hay que dar una mirada a muchas construcciones romanas, como los propios acueductos, en los que no existe ninguna concesión a la estética sobre la funcionalidad. Piedra pura, una encima de la otra, para llevar agua de un sitio a otro. «Podemos encontrar construcciones que ya respondían a estos criterios en la arquitectura civil del Imperio Romano y en los bunkers de la Segunda Guerra Mundial en los que el empleo de hormigón, fue determinante para este tipo de arquitectura», recalca Bilbao.
Parece que todo comenzó con una serie de edificios de viviendas durante los años cincuenta en el Reino Unido, aunque paradójicamente no existe un criterio aceptado sobre cuándo, quién y dónde se originó la génesis brutalista. Sí se coincide en que el «huevo cósmico» de hormigón lo plantó la «trinidad racionalista» integrada por Walter Gropius, Mies Van der Rohe y el ya nombrado Le Corbusier. Tampoco podemos olvidar a Paul Rudolph, Alison y Peter Smithson, Marcel Breuer, Kenzo Tang o el brasileño Oscar Niemeyer, con su espectacular trabajo en Brasilia. En España no tardamos mucho en sumarnos al carro gracias a los trabajos de Miguel Fisac, Fernando Higueras, Fernando Moreno Barberá, Javier Carvajal, Antonio Lamela o Javier Sainz de Oiza. Este último, con el que quizás pueda ser el más icónico y reconocible de los edificios brutalistas de nuestro país: las famosas Torres Blancas, construidas entre 1964 y 1969 en la madrileña Avenida de América.
Rápidamente comenzaron a aparecer casas unifamiliares, viviendas, auditorios e incluso iglesias, cuyo diseños defendía unas marcas comunes: el uso de la sencillez extrema, la geometría, el rechazo a la ornamentación no funcional, la utilización de un único color en la mayoría de los espacios y una predominancia de las estructuras frente una decoración inoperante.
Puede que casi seis décadas después no se comprenda bien una estética tan dura, pero el mundo que vio nacer el brutalismo venía de la peor contienda bélica de la historia, la matanza atroz de los campos de exterminio y el miedo nuclear tras las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Como hoy nosotros ante los edificios brutalistas, el hombre de entonces también se sentía minúsculo ante una arquitectura monumental, con trazas de gigante a la que le gusta crear juegos de luces y sombras. Hace casi un siglo que el brutalismo, como tal, se convirtió en una opción más plausible en los estudios de arquitectura no sólo por su versatilidad y facilidad de discurso, sino por una suerte de poética que crece y evoluciona con el paso del tiempo. Hay mucho más dentro de un trozo de hormigón armado.
«En alguna ocasión oí una definición poética del hormigón: ‘‘la piedra líquida’’. La ductilidad y adaptación mediante encofrados, ferralla y carga de piedras, permiten armar y dar consistencia a este material consiguiendo así estructuras novedosas y vuelos liberados de columnas. Estos recursos supusieron considerables avances tecnológicos que permitieron soluciones plásticas que aún hoy ofrecen posibilidades técnicas originales, llegando, incluso, a una modularidad prefabricada, lo que suponen planteamientos estéticos y económicos considerablemente rentables, posicionando al estilo brutalista como un lenguaje vigente», explica Bilbao, que señala que muchos proyectos vinculados al brutalismo se enmarcan dentro de la producción más exquisita, como son los proyectos «Pagoda», de Miguel Fisac; «Corona de espinas», de Fernando Figueras o «La Fábrica», de Ricardo Bofill.